Promociones


CARPETA Nº 63:

CLAUDIO RODRÍGUEZ: PULSO Y REVELACIÓN DEL VERSO

El don de Claudio Rodríguez: la poesía como modo de conocimiento

Luis García Jambrina

A pesar de su extraordinaria brevedad, la trayectoria poética de Claudio Rodríguez (Zamora, 1934–Madrid, 1999) es una de las mejores y más acabadas muestras de poesía concebida y realizada como modo de conocimiento, no sólo porque en cada uno de sus libros y de sus poemas asistamos a un proceso —con sus dudas, tanteos, contradicciones, misterios y claridades— de conocimiento por vía de la escritura, sino también porque el conjunto de los mismos forma un proceso general más amplio en el que se van desenvolviendo diferentes aspectos del conocimiento poético. El resultado es un universo unitario, trabado y dialéctico en cuya creación cabe distinguir distintas fases, una por cada libro publicado, que se corresponden con la trayectoria vital e intelectual del poeta y con sus diferentes edades y períodos. Todo este proceso lleva aparejado, además, una serie de transformaciones paralelas en los distintos planos de la expresión (lenguaje poético y sistema imaginario, tono general, métrica y ritmo), que hacen que, desde el punto de vista evolutivo, su trayectoria sea una de las más sólidas y coherentes de su promoción.

En su primer libro, Don de la ebriedad (1953), el poeta canta la esencia de la poesía y la ebrietas o inspiración de la que ésta dimana. “Poesía —adolescencia— como un don; y ebriedad como un estado de entusiasmo, en el sentido platónico, de inspiración, de rapto, de éxtasis o, en la terminología cristiana, de fervor.” Aquí, el conocimiento poético es, por tanto, inspiración, pura revelación. De ahí que nos encontremos ante un mundo primigenio, un mundo visto siempre en estado naciente, en el momento del amanecer, y ante una “mirada auroral”. Se trata, en definitiva, de una poesía de plenitud, marcada por el advenimiento de la claridad, el deseo de entrega, la búsqueda de la armonía y la unión del poeta con la naturaleza, con las cosas. Pero esta contemplación y esta unión no son siempre posibles . Para ello, es preciso hacerse “digno” y pasar por un proceso de purificación de la mirada. Gracias a la mediación del amor, el poeta podrá ir vislumbrando la “realidad verdadera” de las cosas, más allá de “la triste realidad de su apariencia”. Pero sólo al final se hace presente el éxtasis de la “ebriedad” y la contemplación de la claridad, de la realidad esencial, realidad invulnerable y primigenia, no sometida a la mudanza ni al devenir. Formalmente, se trata de un único poema organizado en tres secciones que configuran una especie de estructura circular, puesto que su final remite, de algún modo, al comienzo de la obra. Destaca, por otro lado, el empleo de un léxico rural y natural y la originalidad de sus expresiones paradójicas y de sus deslumbrantes imágenes, de un marcado carácter irracional, debido a que mediante ellas el poeta tiene que explicar lo que no sabe, esto es, expresar una realidad superior que desconoce.

En Conjuros (1958), el conocimiento se presenta como indagación en las cosas, en los objetos más comunes, naturales y sencillos. En comparación con su obra anterior, hay una mayor concreción en los paisajes y elementos poetizados. Por otra parte, lo que domina aquí es la conciencia de la pérdida de aquella unidad y armonía con las cosas de la etapa anterior y el intento de recuperarlas: “El conjurar —explica el poeta— es pedir cosas exclamando. [...] Es el acto de exclamar, pedir, suplicar a voces, no a susurros. Es un libro escrito como un conjuro exclamativo”. Por lo demás, los poemas aparecen distribuidos en cuatro secciones o “libros” cuyo hilo conductor es el relato poético de un proceso de cambio en la mirada del poeta y, por tanto, en su visión del mundo. Desde el punto de vista expresivo, esta obra ofrece como novedad lo que Carlos Bousoño denomina “realismo metafórico”. Esto quiere decir que los elementos reales, cotidianos y concretos que aparecen en el poema no son sino “un medio para hablarnos de otra cosa que está detrás”; de este modo, tales elementos quedan trascendidos y adquieren un significado universal. De hecho, la técnica empleada en Conjuros consiste, en palabras de Bousoño, “en tomar un elemento concreto de la vida real, generalmente un elemento rural o costumbrista [...], e ‘interpretarlo' en dirección ascendente y trascendentalizadora”; lo cual da lugar, según él, a la aparición de un nuevo tipo de metáfora, la “alegoría disémica”, cuyo paradigma podría ser el poema “A mi ropa tendida”, significativamente subtitulado “El alma”.

En Alianza y condena (1965) nos encontramos con el conocimiento planteado como problema. De hecho, es esta “motivación gnoseológica trascendente” la que, según José Olivio Jiménez, da unidad interna a todo el libro; de modo que, sobre todo a lo largo de la primera sección de las cuatro de que consta el libro, el poeta se encara con la compleja y, a veces, paradójica naturaleza de la verdad y de la realidad y constata la habitual separación o desajuste entre los sentidos y las cosas, entre la verdadera realidad y el mundo de las apariencias. Desde este punto de vista, es significativo el primer poema del libro, “Brujas a mediodía”, cuyo subtítulo —“Hacia el conocimiento”— orienta ya al lector hacia el sentido último del texto y de todo libro. Y es que, dentro de la compleja visión dialéctica que de la realidad tiene nuestro autor —“dentro de la alianza existe la condena, igual que dentro de la condena existe la alianza”—, encontramos también una clara contraposición entre conocimiento, que es dolor —“sólo quien sufre, sabe”, escribió Esquilo—, y vida. No obstante, en otros poemas asistimos a momentos de revelación y de gracia, de la mano siempre de pequeños sucesos, de las cosas más naturales y sencillas, y al llegar a las dos odas finales del libro vemos cómo se alza la verdad de la infancia y la hospitalidad. Como consecuencia de todo lo anterior, el tono del libro se ha hecho más moral y meditativo y han desaparecido las exclamaciones, tan abundantes en los dos primeros; en cambio, son numerosos los contrastes y las estructuras antitéticas, que, en buena medida, vertebran la obra.

Once años después, aparece El vuelo de la celebración (1976). Se trata, según el propio Claudio Rodríguez, de la “celebración como conocimiento y como remordimiento. Como servidumbre, dando a esta palabra el significado más clarividente: el destino humano, con todos sus adjetivos”. Estamos ante un conocimiento contemplativo y amoroso que implica la unión del poeta con las cosas y con el otro. De hecho, en el proceso del poema la relación con las cosas llega a ser tan corporal y palpable que vemos cómo éstas besan, acarician, traspasan e iluminan el cuerpo del poeta. El amor se revela así como la más alta vía de conocimiento, la que permite ver lo que habitualmente no se ve: la “iluminación de la materia”, y oír lo que el hombre no oye, lo que no se escucha: la “música callada”, el “cántico interior” y la armonía de las cosas; todo lo cual supone la superación dialéctica e integradora de la dualidad que veíamos en el libro anterior. En estrecha relación con ello, la palabra se eleva y se hace cántico, un cántico cuyo ritmo no se apoya tanto en la métrica como en la recurrencia de elementos en todos los niveles expresivos. Son precisamente estas recurrencias las que potencian y reflejan, con su peculiar juego de simetrías, esa armonía y contemplación que el poema mismo celebra. Lo que ocurre es que ahora el canto y la claridad más que un “don”, fruto de la “ebriedad”, son fruto del esfuerzo, de un ir “hacia la luz”, hacia la “contemplación viva”. De ahí que las cinco secciones en que se divide la primera edición de este libro supongan un proceso ascensional y ascendente hacia la luz y el canto.

La dialéctica historia-leyenda, referida en este caso a la vida del poeta, será precisamente el motivo generador de su último libro publicado, Casi una leyenda (1991), en el que continúa, aunque más atenuado, el impulso celebratorio y redentor, así como la preocupación por la oscura naturaleza de la verdad y del conocimiento de sus anteriores obras. Sigue también el diálogo con las cosas y las continuas aproximaciones del poeta, que trata una y otra vez de fundirse con ellas en el “sacramento de la materia”. El conocimiento, por otra parte, pretende ser vía iluminativa de renacimiento y salvación, pero se queda, con frecuencia, en “revelación oscura” o en impotencia y esterilidad, debido a la incapacidad del hombre para conocer la verdad. No obstante, el poeta asume y celebra todas las facetas de la vida, incluida, claro está, la muerte y la destrucción, cuya presencia tiene un sentido paradójico y hasta positivo a lo largo de todo el libro. Por otro lado, su estructura es claramente musical: con su extenso poema inicial a modo de obertura, sus tres movimientos, con cinco poemas cada uno, y sus dos interludios. Pero Casi una leyenda es también la revisión del mundo poético creado en Don de la ebriedad, del que cada vez se siente más alejado el poeta; de ahí las numerosas alusiones intertextuales a esa primera obra y la aparición de un tono marcadamente elegíaco.

Por último, hay que recordar que Claudio Rodríguez dejó inconcluso un nuevo libro. Se iba a titular Aventura, y en él pensaba continuar con su indagación sobre la vejez y la muerte. Habría sido el sexto de su breve, aunque intensa, trayectoria, pero, al igual que su vida, quedó truncado para siempre. Algunos meses antes de morir, cuando nadie preveía el inminente desenlace, le comentó a su esposa el orden de los once poemas que tenía ya escritos e, incluso, le pidió que pusiera los títulos en una pequeña tarjeta. Entre el penúltimo y el último, hay un espacio en blanco. Al parecer, el poeta pensaba añadir ahí nuevos poemas. Por desgracia, le faltó tiempo para escribirlos y para terminar de corregir los ya terminados. En ellos está su testamento poético, un testamento escrito en versos como éstos: “Ya no hay contemplación sino aventura,/ quietud y riesgo. Y no me llegues tarde./ Es cuando el pensamiento se hace canto/ porque es amor. Es hora de alabanza./ Hora de entrega. Hora de ofrenda. Hora/ de levadura viva […]”.

 

* Luis García Jambrina es autor de los libros La promoción poética de los 50 (Madrid, Espasa Calpe, 2000), Claudio Rodríguez y la tradición literaria (Valladolid, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, 1999, Premio Fray Luis de León de Ensayo), De la ebriedad a la leyenda. La trayectoria poética de Claudio Rodríguez (Salamanca, Universidad de Salamanca, 1999) y La vuelta al Lógos. Introducción a la narrativa de Miguel Espinosa (Madrid, Ediciones de la Torre, 1998), así como de diversas ediciones de Claudio Rodríguez (véase Bibliografía en este mismo número), Pere Gimferrer y Caballero Bonald (del que Ediciones Universidad de Salamanca publicará próximamente la antología poética Años y libros ).

 

 

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