Promociones


CARPETA Nº 65:

EL HOMBRE QUE FUE G. K. CHESTERTON

Recibí dos libros de G.K. Chesterton, Ortodoxia y El hombre que fue jueves.

— Chesterton es tan gracioso que casi se podría pensar que ha encontrado a Dios —dijo Kafka.

— ¿Así que la risa es para usted una señal de religiosidad?

— No siempre. Pero en estos tiempos despojados de Dios es preciso ser gracioso. Es un deber. La orquesta del barco siguió tocando en el Titanic hasta el final. De este modo se le arranca a la desesperación el suelo que está pisando.

— No obstante, una alegría forzada es mucho más triste que una tristeza abiertamente reconocida.

— Es verdad. Sin embargo, la tristeza es desesperada, mientras que las perspectivas, la esperanza, el seguir adelante son lo único que importa. El peligro reside sólo en un instante breve y limitado. Tras él viene el abismo. Si se consigue superar ese momento, las cosas habrán cambiado. Lo único que importa es el instante. Él es quien determina la vida

Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka

U n grupo de católicos argentinos se ha propuesto conseguir la canonización de G.K. Chesterton. Desde luego, argumentos no han de faltarles: muchos ateos admiten voluntarios que se convertirían sin dudarlo ni un segundo al peculiar cristianismo de Chesterton. En un mundo al revés, donde los revolucionarios se sacrifican a sí mismos y a sus semejantes en el altar del Estado, donde los filósofos sacrifican la razón en nombre de sus obsesiones deterministas, la ortodoxia cristiana de Chesterton protege la risa, la curiosidad, el cuerpo, la alegría de los sentidos, la capacidad de pensar, la posibilidad de lo absolutamente nuevo, la rebelión de los pobres y la libertad de actuar.

A Archipiélago le queda algo lejos la campaña por la beatificación de Chesterton, aunque la extravagancia no deje de tener su gracia. Pero sí querríamos reivindicar en voz alta a Chesterton como un autor clásico por aclamación popular. Lo es ya en los géneros infantil y policíaco, gracias a las geniales aventuras de su Padre Brown. De hecho, una mayoría de lectores de G.K. Chesterton se ha iniciado en la literatura de este autor descomunal a través de las historias del cura detective o de la lectura de su novela más conocida, El hombre que fue jueves . Sin embargo, Chesterton escribió bastantes novelas más y también un buen puñado de vidas de santos, centenares de artículos periodísticos, muchos ensayos, poesía, etc. Pero se le sigue considerando demasiado desaliñado para ser un gran escritor, demasiado paradójico para ser un filósofo de veras, demasiado apasionado para ser un buen periodista, demasiado humano para ser un auténtico teólogo... “¡Chesterton es la muchedumbre!”, exclamaba Ezra Pound. Desaliñada, apasionada, paradójica, humana, demasiado humana...

¿En qué sentido Chesterton es un clásico? En primer lugar, es una fuente inagotable de infancia perpetua: sus lectores le piden que les haga los mismos trucos “una vez más”, porque el placer de su lectura no reside en la sorpresa (que se agota pronto), sino en el reencuentro (siempre asombrado y gozoso) con los mismos temas, motivos, ritmos e imágenes esenciales (peregrinaje y vagabundeo, probabilidad de la muerte, combate contra el mal, fidelidad a una causa, ímpetu y pujanza de la alegría, etc.). En segundo lugar, Chesterton es un modelo de inteligencia crítica universal: es literalmente imposible salir de una obra suya tal y como se ha entrado. Se sale otro , como después de una guerra, pero feliz , como después de una alegre velada con viejos amigos. En tercer lugar, Chesterton conecta y renueva la gran tradición de la cultura popular y por eso puede leerlo con gusto cualquiera, incluso un pedante. Chesterton sabe afirmar las corrientes subterráneas que recorren de lado a lado esa gran tradición: la gratuidad de la vida, un sentido común que nada tiene que ver con la genuflexión al imperio de lo obvio, la veneración de la memoria y la tradición que nos arrancan de nuestro mísero universo autorreferencial, la voluntad de batalla contra todas las modalidades de despotismo y superstición, el valor de una esperanza testaruda que nada tiene que ver con el optimismo progresista, etc.

La teoría literaria dominante acumula argumentos contra los clásicos, porque tienen un vínculo demasiado estrecho con la vida: los textos sólo deben referirse a sí mismos y a otros textos y no tendríamos que exigirles que cambien nuestra vida cotidiana. Sin embargo, una novela de Chesterton inspiró a Michael Collins para liderar el movimiento por la independencia de Irlanda, un artículo suyo en el Illustrated London News animó a Ghandi a encabezar el movimiento que acabó con el dominio británico sobre la India, sus ensayos sobre el cristianismo convirtieron a ateos como C.S. Lewis o a Marshall Mac Luhan. Esa misma crítica cultural nos enseña a sospechar de las apariencias literarias y a husmear en el doble fondo de las grandes obras, donde supuestamente siempre hallaremos vacío, vanidad, voluntad de poder, engaño. La literatura guarda un secreto y sólo lo entenderemos correctamente en términos de hipocresía y corrupción. Escuchemos por el contrario el “gigantesco secreto” de Chesterton: “Detrás de todas nuestras vidas hay un abismo de luz, más cegador e insondable que cualquier abismo de oscuridad; y es el abismo de la realidad, de la existencia, del hecho de que las cosas en verdad son, y de que nosotros mismos somos increíble y a veces incrédulamente reales. Es el hecho fundamental de ser frente a no ser; es impensable, y sin embargo no podemos no pensarlo, aunque a veces vivamos sin recordarlo; sin recordarlo y sobre todo sin agradecerlo. Pues aquel que ha comprendido algo de esta realidad sabe que sobrepasa, literalmente hasta el infinito, a todo pretexto o argumento menor para la negación, y que bajo todas nuestras quejas y lamentos hay una sustancia subconsciente de gratitud”.

Podemos estar muy cansados para recordar permanentemente ese “abismo de luz” y maravillarnos. Podemos ser muy mezquinos para agradecerlo. Podemos preferir la tristeza y la melancolía: siempre es más fácil. Quizá nuestra mirada haya quedado irremediablemente empañada por inercias serviles y huecas costumbres. El pecado no estriba en nada de eso. El pecado está inscrito en la convicción de que “la vida es así”, de que en el fondo todo el mundo está tan cansado y es tan mezquino como nosotros, de que quien afirme otra cosa miente. El pecado se llama Fatalidad y Desesperación. Chesterton sacude violentamente el suelo que pisa la desesperación con el trueno de su limpia carcajada. Lo hará siempre. El fatalismo y la desesperación pasarán, pero sus palabras no pasarán: están irrevocablemente empapadas de eternidad.

Archipiélago le rinde un homenaje con pocos precedentes en castellano que incluye documentos curiosísimos, como la reseña que hizo Ramiro de Maeztu de la conferencia que Chesterton dio en la Residencia de Estudiantes en 1926, su debate con George Bernard Shaw sobre el socialismo y la traducción que hizo Borges del célebre poema “Lepanto” todavía en vida de su autor.

 

* El 25 de octubre de 2003 Guillermo Cabrera Infante publicó un artículo en El País titulado “El hombre que fue Chesterton”, donde expresaba su amor y admiración por el genial coloso de las letras inglesas. Archipiélago quiso contar con su colaboración para este número, pero no pudo ser dado su estado tan delicado de salud. Cabrera Infante ha fallecido en Londres recientemente y Archipiélago , como pequeño homenaje a su memoria, ha recuperado el título de su artículo para este número monográfico sobre Chesterton. Los lectores interesados en G.K. Chesterton pueden escribir a: elviejonavio@gmail.com.

A PROPÓSITO
¿Estamos de acuerdo?

Cuando ocurrió este debate, en 1928, hacía tres años que George Bernard Shaw había recibido el premio Nobel de Literatura; tenía 72 años y una larga trayectoria como autor teatral y como uno de los pensadores más controvertidos y originales de la lengua inglesa. Chesterton, a los 54 años, estaba terminando el ciclo de relatos que le daría fama mundial, los cuentos del Padre Brown, y también tenía tras de sí una impresionante obra publicada.

Entre los libros de Chesterton se encontraba una biografía de Shaw (1909), su rival en el presente debate acerca del socialismo y la propiedad privada que organizó la Liga Distribucionista, fundada y encabezada por el propio Chesterton. El alumno retaba a un maestro formidable, dueño de la ironía y el humor más incisivos y de un vital espíritu de contradicción, a discutir un tema en el que tenían posiciones encontradas: ¿es preferible el socialismo, con el control estatal de los medios de producción, o el distribucionismo, que propugnaba que la tierra y las fábricas pasaran a manos de los trabajadores bajo un régimen de propiedad privada? Shaw defendía la primera opinión; Chesterton, quien había militado en las filas del socialismo —y las había abandonado con decepción—, la segunda.

Es evidente que en tan poco tiempo como duró el debate no podía agotarse el tema; es evidente que, a pesar de que Shaw fue fundador de la Sociedad Fabiana1 —uno de los antecedentes del Partido Laborista—, y que sus ensayos sobre temas sociales y económicos levantaron amplia polémica, su pensamiento estaba moldeado por la literatura, no por el quehacer político. Algo similar puede decirse de Chesterton. No se trata, pues, de un debate entre dos políticos, sino entre escritores que también hacían política. Es significativo, en este sentido, que tanto la Liga Fabiana como la Liga Distribucionista no sean más que referencias en algunas enciclopedias, mientras que la obra literaria de ambos continúa viva y vigente.

Este libro fue publicado por primera vez, en edición privada, en 1928. El catálogo de la Biblioteca del Congreso lo registra como obra de Chesterton, con mención a Shaw y a Hilaire Belloc2, el moderador. En 1974, Folcroft Library Editions, de Estados Unidos, publicó una edición facsimilar de 100 ejemplares, empastados y cosidos a mano.

Poco puede decirse de la traducción además de que fue un placer. Se ha evitado, en lo posible, recurrir a notas; éstas a veces, más que aclarar puntos, vuelven la lectura más tediosa. Los hechos de época que se mencionan en el texto en general se explican dentro del texto mismo; en algunos casos se recurrió a algunas notas breves —todas del traductor— que están al final. Se incluye un manifiesto de la Liga Distribucionista, aparecido en la edición de 1974, que servirá para contextualizar la discusión. La nota preliminar es de Cecil Palmer, el editor original.

Rafael Menjívar Ochoa

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