Promociones


SUMARIO Nº 66:

¿QUÉ SIGNIFICA HOY PENSAR POLÍTICAMENTE?

¿Qué significado tiene hoy la palabra “intelectual”? Desde el movimiento ilustrado, ese término nucleó cuestiones éticas y políticas fundamentales. Mediante el ejercicio solitario y esforzado de la razón, el intelectual ilustrado se arrancaba supuestamente a sí mismo del contexto social y cultural en el que estaba sumergido para pensar “lo universal y necesario”: principios, derechos, leyes, valores. La ruptura de toda clausura particular de sentido (normativa, territorial, tradicional, identitaria) permitía abrir así un espacio a la interrogación infinita y, por tanto, a la posibilidad democrática. En efecto, como dice Franco Berardi, Bifo , “la democracia no puede llevar la impronta de una cultura, de un pueblo ni de una tradición: tiene que ser un juego sin fundamentos, invención y convención, y no afirmación de una pertenencia”.

Por su lado, según los intelectuales revolucionarios, sólo la clase explotada podía encarnar verdaderamente esa universalidad del derecho y la razón. Se trataba, por tanto, de unir el pensamiento a la acción política que tendía a “suprimir las condiciones existentes”. Sin embargo, con la derrota del proyecto utópico del proletariado industrial, durante el siglo xx se difuminaron las formas de compromiso intelectual y político que dominaron entre los pensadores revolucionarios: el revolucionario profesional (Lenin), el agitador obrero (Rosa Luxemburgo) y el intelectual orgánico (Gramsci). Mayo del 68 hizo visibles y puso en juego otras figuras del compromiso y el pensamiento (cuya tradición subterránea alcanza también una profundidad de siglos): la política no es la acción instrumental conforme a unos fines preestablecidos, sino la creación de nueva realidad, no el posibilismo, sino la modificación sustancial de las coordenadas de lo posible; el intelectual no es “especialista de lo universal y necesario”, sino ciudadano activo en el espacio público, “técnico del saber práctico”, productor de saberes específicos, etc.

De varias formas, la nueva filosofía, la izquierda académica postmoderna y el pensamiento único, sintonizando absolutamente con determinada sensibilidad “desencantada” después de las derrotas políticas de los movimientos democráticos y revolucionarios, decretaron muy claramente en los últimos tiempos la muerte de “los grandes relatos”, el totalitarismo inscrito necesariamente en las concepciones fuertes de la política, el mal menor de la democracia representativa y la economía de mercado, el fin de la historia. Los años 80 y 90 fueron la belle époque del neoliberalismo: el capitalismo prometía de nuevo la felicidad a los seres humanos en forma de stock options en la “nueva economía”. El universo intelectual abandonó de forma generalizada el espacio de las grandes confrontaciones: se hizo postideológico, postheroico y postpolítico. Sólo una amenaza parecía perfilarse en el horizonte de estas bellas ensoñaciones: la resurgencia fundamentalista, una “antigualla” peligrosa y extrañamente persistente. Pero se confiaba en que una combinación de “mercado autorregulado”, “apertura hacia el otro” e “intervenciones humanitarias” aplanaría esas últimas astillas en el espacio finalmente liso de la historia y la política. Bajo capa de pensamiento crítico alerta a los deslizamientos totalitarios de la política y la razón, la postmodernidad quiso congelar las relaciones sociales presentes emparentando perversamente cualquier meditación seria y profunda sobre los límites de la estructura social contemporánea con los peligros del fascismo, el fundamentalismo, etc.

Pero ahora la hegemonía postmoderna (como expresión cultural de la globalización neoliberal) ha pasado. Sentiremos su peso durante una larga temporada, pero la idea de que ha llegado el “fin de la historia” y el tiempo de la mera gestión administrativa y postpolítica de las cosas se cuartea por varios lugares a la vez: los kamikazes del 11 de septiembre, la guerra global permanente decretada por la administración Bush y, por la tangente, el desarrollo en las catacumbas de la sociedad del espectáculo de un mundo paralelo, una narración coral, inmanente y en movimiento que trae consigo el “regreso de lo político” a la esfera pública. Las viejas heridas que la nueva filosofía (primero) y el pensamiento débil (después) habían tratado de coser malamente se reabren otra vez y eso hace posible —como pedía Nietzsche— “meter la propia sangre en las ideas”. Poco a poco, una nueva onda de politización abre el espacio a una crítica radical que está al margen pero no es marginal.

De nuevo, hay mucho que pensar. Pero, ¿qué significa hoy pensar políticamente? ¿Desde dónde se hace, con quién, persiguiendo qué objetivos? Nadie discute la capacidad de los movimientos sociales para construir sus propios problemas y plantear respuestas prácticas. Nuestra época registra una saludable “crisis de los expertos”. Pero entonces, ¿se ha disuelto la función del intelectual en la inteligencia colectiva diseminada en las redes sociales? Sin embargo, sigue existiendo una constelación muy visible de puntos de referencia clásicos en el espacio público del pensamiento contemporáneo. ¿Acaso se ha vuelto entonces el intelectual un “técnico del saber práctico” que pone a disposición de otros una “caja de herramientas”? Sin embargo, algunas voces se levantan para alertar sobre las catástrofes a las que puede conducir el hábito de juzgar de forma utilitaria la pertinencia de las ideas sólo por su inmediata contribución a la acción política. En un universo regido por el nihilismo de los medios y el colapso de las representaciones, ¿qué autonomía tienen los productores de discursos? En un mundo estetizado en el que la vida se convierte en obra de arte a base de pastillas, gimnasios y cirugía, ¿qué relación hay entre estética y política, cómo pueden renovarse ciertos géneros a fin de convertirlos en instrumentos de transformación social? Archipiélago ha invitado a algunas voces destacadas y singulares en el espacio público del pensamiento contemporáneo a trabajar este tipo de cuestiones y preguntas.

* Esta carpeta ha sido elaborada por Archipiélago en colaboración con la Universidad Internacional de Andalucía

A PROPÓSITO
EL ESCRITOR Y LA DEMOCRACIA

Debate entre Cornelius Castoriadis, Octavio Paz, Jorge Semprún y Carlos Barral

Como explicaba Cornelius Castoriadis, Grecia alumbró en su momento una “extraña rasgadura” que abría la posibilidad social de cuestionar públicamente las leyes existentes y los valores que las sostenían. Se trata del surgimiento paralelo de la democracia y la filosofía. Entre la obediencia debida a la tradición y el gobierno de los expertos (Platón) se producía una creación insólita: un “régimen trágico” que no concedía poder a ninguna fuente extrasocial (Dios, los antepasados) y que al mismo tiempo inventaba mecanismos explícitos y colectivos de continuidad y autolimitación para preservar esa feliz fragilidad en los avatares de la historia (la historiografía de Heródoto, la obra de Esquilo, etc.). Esa brecha en los imaginarios sometidos fue reabierta de nuevo en Europa Occidental siglos más tarde por los movimientos revolucionarios de trabajadores, mujeres y jóvenes, después de un largo eclipse religioso.

Cuando se dio esta larga conversación entre Cornelius Castoriadis, Octavio Paz, Jorge Semprún y Carlos Barral, el mercado capitalista era (y es) la teología que amenazaba con colmar de mercancías, sueños de omnipotencia e indiferencia cívica esa brecha revolucionaria. El papel del escritor retoma en ese momento la función de aquellos dispositivos sociales de continuidad y autolimitación que inventaron los griegos: recrear la tradición sin plegarse a la repetición, desarrollar y cuidar un espacio público de pensamiento transgeneracional, mostrar el abismo (desvelando el azar esencial tras el orden aparente de la vida cotidiana o los discursos deterministas), afirmando al mismo tiempo ( en y por el caos) valores sustantivos radicalmente democráticos: libertad, igualdad y el puente amoroso que los une, fraternidad.

 

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