Promociones


En favor del verdadero matrimonio (artificial)

Joaquín Rodríguez López

Es justo y necesario recordar a la Conferencia Episcopal que no hay nada de natural ni menos aún de obvio en que el matrimonio deba y pueda ser contraído, únicamente, por personas de diverso sexo, una mujer y un varón, como se asegura en la Nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española: en favor del verdadero matrimonio [1], a no ser, claro, que se quiera hacer de un arbitrario cultural un principio de división y clasificación natural o a no ser, también, que se pretenda transformar la historia circunstancial en naturaleza inamovible. A estas alturas de la investigación sociológica hay cosas que no se pueden ignorar a no ser, claro está, que su conocimiento ponga en peligro la reproducción de un determinado orden simbólico, de un determinado orden de las cosas: la causa principal de la diferenciación sexual no es biológica, por mucho que las diferencias en las apariencias físicas puedan hacerlo creer o sentir, sino sociológica, porque, tal como ocurre con cualquier forma de organización social primigenia, las desigualdades de origen social —el enfrentamiento y competencia entre géneros— pretenden hacerse pasar por diferencias de origen natural —la desigual conformación física y anímica—, juego de alquimia social bien conocido que hace que una construcción social se transmute hasta tal punto que parezca natural, se naturalice y, en ese recorrido, se invierta la causalidad hasta perder de vista cuál es el verdadero origen arbitrario de la diferencia.

Cuando, en consecuencia, se reclama, por recordar el androcéntrico comunicado episcopal, que “los significados unitivo y procreativo de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica de la diferencia sexual” y que “tenemos el deber de recordar también algo tan obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una mujer y un varón”, es necesario poner de manifiesto, desvelar, que no existe tal realidad antropológica más que a condición de borrar las huellas de lo que esa supuesta realidad debe al esfuerzo por biologizar o naturalizar sus antecedentes sociales, al esfuerzo por imponer una definición legítima de las diferencias sexuales y sus usos respectivos anclada en una incuestionable biologización o naturalización de lo social. De esa manera han funcionado siempre, y siguen haciéndolo, todas las sociedades y todas las instituciones sociales donde impera un principio estrictamente androcéntrico [2] de organización, de visión y de división de las cosas, de forma que no puede ser casualidad, dicho sea de paso, que en la Iglesia prevalezca de manera rígida e incuestionable una visión estrictamente masculina de la realidad, en la que no cabe equiparación de derechos respecto a las mujeres (tampoco respecto a los homosexuales, claro, vertiente feminizada del hombre).

Siendo esto así, no puede sorprender que el colofón de la declaración episcopal reclame que “a dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas” porque se trata de un “derecho inexistente”, de una forma de equidad impensable para las estructuras simbólicas cerrilmente elementales del inconsciente androcéntrico de la Iglesia católica: todo llama en el pensamiento católico a una elemental mitología mediterránea basada en pares opuestos bien conocidos (hombre-mujer; activo-pasivo; atrevido-sumiso; fuera-dentro; derecha-izquierda; alto-bajo; duro-blando, etc.) que se utilizan y manejan de manera constante para consolidar y reproducir tercamente un orden determinado de la realidad, para imponer y extender una visión legítima de las cosas y su orden, en este caso de la “radical” ilegitimidad de que no sean dos pares contrarios quienes reclamen la unión sino dos pares idénticos, forma de herejía simbólica calificada como “novedad inaudita” de “gran gravedad social”. No es sólo que los hombres y las mujeres no quieran ya acomodarse, por muchas llamadas de atención que se les profieran, a sus supuestas identidades correspondientes, sino que hay quienes osan transgredir la horma misma demoliendo el edificio sobre el que se fundamenta una institución, y eso no puede ser otra cosa que “vicio” y defecto, y en gran medida debería aceptarse que así es, porque vicio es sinónimo de perversión, es decir, de inversión y subversión del orden establecido. La reclamación del matrimonio civil para las parejas homosexuales es, qué duda cabe, transgresora y contraventora, y así debe ser y así debe reconocerse en la medida en que es capaz de proponer un orden alternativo al conocido durante siglos, al orden androcéntrico. La demanda es, también, paradójica, porque no deja de ser en cierta medida conservadora, al reclamar el derecho a formar parte de una institución por otra parte decadente y en buena medida caduca.

La polémica relacionada con la adopción de niños por parte de las parejas homosexuales participa, igualmente, de principios simbólicos incuestionados. Si no existe, aparentemente, rastro empírico alguno de diferencias de desarrollo y maduración entre los niños acogidos y educados en unos y otros hogares [3], es que a la Iglesia católica le parece intolerable que el niño o la niña no conozca ni reconozca la dualidad mitológica del hombre y la mujer sobre la que se fundamenta su orden simbólico, por más que eso se exprese en el lenguaje pseudo-objetivo de una ciencia inexistente: “el bien superior de los niños exige” que no sean “adoptados por uniones de personas del mismo sexo” [4] ya que “no podrán encontrar en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio”, falacia que recurre de nuevo a la antropología para intentar hacer pasar por naturalmente inamovible y por tanto necesario —las diferencias sexuales—lo que no son sino diferencias sociales previas que se incorporan en forma de principios de visión y división de las cosas, tanto más “naturales” cuanto más inconscientes son. Lo que es sin duda cierto es que la fuente primordial del problema está antropológicamente radicada: la semejanza sexual de los padres puede que no dé opción a que el niño realice distinciones cognitivas históricamente habituales, pero ese hecho, en sí mismo considerado, no cabe que se evalúe como pernicioso o perjudicial sino, en buena medida, emancipador, porque puede conducir a que las nuevas generaciones de jóvenes despojen las relaciones entre hombres y mujeres del aplastante deber de exhibición y ostentación masculino. La Conferencia Episcopal, esta vez con tino, arguye que esta posibilidad podría influir “sobre la mente de las personas”, pero se trata precisamente de eso, de emanciparlas.

“La institución matrimonial”, esgrime como último argumento el documento de la Conferencia Episcopal, posee “toda la belleza propia del verdadero amor humano”, pero ni siquiera esa apelación a la gracia del amor como argumento para impedir el matrimonio homosexual es sostenible ni defendible: el amor puro, el amor que se tiene a sí mismo por objetivo único, que se basta a sí mismo e ignora cualquier otro fin, es en sí mismo transgresor, infractor, porque desafía, precisamente, al amor burgués, al amor normal, al amor conveniente, socialmente sancionado, enemigo del amor fou , del amor sin control que no se somete a los imperativos de la reproducción, ni biológica ni social, suerte de impiedad o apostasía doble que se opone a reducir el amor, precisamente, a una modalidad benéfica de convivencia, provechosa para la sociedad en su conjunto. El amor que retrata la Iglesia y que sanciona positivamente es el amor de Mme. Dambreuse, en la Educación sentimental [5], el amor acomodado, mujer de banquero cuya relación con el protagonista de la obra, Frederic, estaba basada, precisamente, en las posibilidades de ascenso social que prometía más que en la fuerza soberana del amor, amor mercenario por tanto condenado al fracaso. Si el amor homosexual es sospechoso es porque incumple sistemáticamente los preceptos de reproducción biológica y en buena medida social —aun cuando no quepa ignorar que la rutina y el hábito pueden hacer la misma mella en esas relaciones que en las relaciones heterosexuales— y no puede participar, en consecuencia, en “toda la belleza propia del verdadero amor humano”, mejor sería decir en el proceso de reproducción biológica y social de una condición generalmente considerada como honorable.

La Iglesia, qué duda cabe, realiza históricamente, sigue haciéndolo hoy, un trabajo de constante consolidación y reproducción de sus fundamentos simbólicos, sacralizando y estigmatizando, simultáneamente, lo que no quepa en la categoría de lo santificable, lo que no participe, en este caso, del “valor sagrado de todo matrimonio verdadero”, sea lo que sea el matrimonio y la familia verdaderos [6].

Pero esa labor de transmisión, consolidación y reproducción de símbolos, valores, patrones y relaciones no se realiza, solamente, a través de la Iglesia y sus comunicados más o menos beligerantes. El Estado y la institución a través de la cual se transmiten valores y convicciones básicos, la Escuela, son responsables de la inculcación de modelos y pautas, de imágenes posibles e imposibles —la de dos hombres juntos, por ejemplo—, la de posibilidades imaginables o inimaginables —la de un niño con padres homosexuales atendido y cuidado igual o más que entre padres heterosexuales, con menor riesgo, según muestran los estudios, de padecer abusos o maltratos diversos al no existir en la pareja roles claramente definidos entre dominador y sumiso [7]. Si la democracia contemporánea tiene su cimiento en la laicidad como rechazo consciente de las coartadas teocráticas y de los símbolos que las sostienen, es natural que, aun cuando ampare la misma existencia de las creencias y las prácticas religiosas en un espacio de convivencia y mutuo respeto, promueva, por eso mismo, el rechazo de los símbolos que las patrocinen o respalden, el rechazo de cualquier forma de naturalización de lo arbitrario y de cualquier modalidad de discriminación que de ahí pueda derivarse. No se trata de una forma velada de chauvinismo de lo universal que quiera imponer mediante la fuerza altamente persuasiva del Estado lo universal, sino, más bien, de asegurar a todos —heterosexuales y homosexuales— la existencia de un espacio desprovisto de marcas y distintivos que asegure sus existencias respectivas, que salvaguarde por igual sus derechos y obligue por igual a asumir ciertas responsabilidades. La igualdad de los derechos civiles y su promoción y defensa son, por eso, irrenunciables [8], y dentro de esa esfera caen, claramente, los derechos al matrimonio y a la adopción de las parejas homosexuales, y no cabe utilizar “razones de tipo jurídico” [9], como hace la Conferencia Episcopal, para tachar de “ficción legal” a lo que es legalmente ineludible, porque los derechos seguirán siendo ficticios, eso sí, hasta que no se hagan reales.

Si no fuera natural casarse y adoptar hijos, sea cual fuere la orientación sexual de la pareja que lo hiciera, desde luego debería ser artificial, es decir, deberían redactarse y aprobarse leyes dentro del Código Civil que, como todas las leyes humanas, nos proporcionaran un marco justo de convivencia en igualdad. Es justo y necesario.

* Joaquín Rodríguez es autor del libro Pierre Bourdieu. Sociología y subversión publicado por la editorial La Piqueta (Madrid, 2002). Además de artículos en revistas como Le Monde Diplomatique o El Viejo Topo , en Archipiélago ha publicado “Desvelar el velo” (nº 60), “Decálogo del periodista de TV en relación con la guerra” (nº 56) “El copyright y el premio Nobel” (nº 55), “La última lección” (nº 51) y “El futuro del pasado. Notas sobre la sociología de la vejez” (nº 44).

 

NOTAS

1. Conferencia Episcopal Española, Nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española: en favor del verdadero matrimonio , 15 julio de 2004, http://www.conferencia episcopal.es/documentos/Conferencia/VerdaderoMatrimonio.htm [Consulta: 21 de julio del 2004]. Es interesante leer, también, las Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales de la Congregación para la Doctrina de la Fe, http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20030731_homosexual-unions_sp.html [Consulta: 22 de julio de 2004].

2. P. Bourdieu, De la domination masculine , http://www.monde-diplomatique.fr/1998/08/BOURDIEU/10801 [Consulta: 22 de julio de 2004].

3. Academia Norteamericana de Pediatría, http://www.aap.org/advocacy/releases/febsamesex.htm [Consulta: 22 de julio de 2004], y Sociedad Argentina de Pediatría, http://www.sap.org.ar/publicaciones/correo/cor1_99/cor715a.htm [Consulta: 22 de julio de 2004]; COLAGE (Children Of Lesbians And Gays Everywhere), http://www.colage.org/research/index.html [Consulta: 22 de julio de 2004].

4. Las mismas comunidades cristianas homosexuales denuncian esta manipulación simbólica. Cf. Grup Cristià Homosexual, http://www. cristianshomosexuals.org/actualitat/consideraciones_sobre_la_adopcion.htm [Consulta: 22 de julio de 2004].

5. G. Flaubert, La educación sentimental , Madrid, Alianza, 1995.

6. C. Lévi-Strauss, Polémica sobre el origen y la universalidad de la familia , Barcelona, Anagrama, 1995.

7. En cuanto a la dominación masculina ocurre que, como toda forma de dominación, obliga a los dominados (en este caso las dominadas y a sus hijos) a percibir su relación con los dominantes a través de las categorías y principios de percepción que estos imponen. No es infrecuente por desgracia, por eso, que las mujeres maltratadas denieguen la posibilidad misma de la denuncia porque, al percibirse a través de las categorías de pensamiento androcéntricas o patriarcales, se sienten culpables, cómplices e instigadoras de la acción misma que las violentó y ni siquiera se atreven, en muchos casos, cuando eso afecta a sus propios hijos.

8. Matrimonio de homosexuales. Zerolo recuerda a los obispos que la soberanía reside en las Cortes , http://www.psoe.es/ambito/actualidad/news/index.do?id=30352&action=View [Consulta: 22 de julio de 2004].

9. Leyes sobre matrimonio y paternidad gay. Jurisprudencia sobre adopción de parejas homosexuales , http://members.fortunecity.es/robertexto/archivo10/infor_dere_compar.htm#A1 [Consulta: 22 de julio de 2004].

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