Promociones

Ávila, Boston, Roma. Pensar a partir de la ciudad
Graziella Fantini

Era a mediados de los años cuarenta cuando, desde lo alto del monte Celio, en su celda de las Monjas Azules con vistas a la Roma de los Foros Imperiales, el anciano filósofo corroboraba, en el ensayo autobiográfico “El ocioso y sus obras”[1], su inclinación por las filosofías y las ciudades antiguas. Iba perfilando un paralelismo entre la ciudad moderna y la filosofía liberal, empírica y psicológica, que, en contraste con su gusto, señoreaba en su época.

Nuestro autor consideraba que la filosofía moderna era tristemente artificial, igual que una ciudad moderna trazada a base de cuadriláteros: echaba de menos el hecho de que no se reconociera “en ella nada subterráneo, ni catástrofe última, ni selva, ni desierto, ni risa de los dioses. La humanidad vivía perdida en la niebla de la conciencia de sí misma, persuadida de que estaba creándose y creando el universo entero”. Los habitantes de las ciudades modernas “habían olvidado su religión; y su filosofía, y cuando tenían una, era la glorificación de su vanidad y de su furioso impulso a hacer dinero, a hacer máquinas y a hacer guerra.” De tal forma que los habitantes de las ciudades y las filosofías modernas iban perdiendo los placeres naturales y su propia dignidad, en tanto que “estos placeres y dignidad consisten en ver y pensar, en vivir con una comprensión del lugar y destino de la vida”[2].

Con estas palabras Santayana indica la senda que siguió en su vida y su pensamiento para encontrar el centro de su “visión panorámica y formar nuevas categorías y un nuevo vocabulario”[3], para elegir su lugar a conciencia en el mundo y en la naturaleza, y tejer su destino en la vida. De forma análoga, Santayana nos había mostrado ya en Personas y lugares. Fragmentos de autobiografía [4] el recorrido que el viajero filosófico y el espíritu libre habían realizado a través de las filosofías, de las máximas y los monumentos de la sabiduría humana que habían visitado, y a través de los lugares y las ciudades en que habían vivido.

En estas páginas invitaré al lector a explorar tres de esas ciudades, las más representativas en la vida de Santayana, Ávila, Boston y Roma, con la intención de profundizar en la relación entre geografía y moral en la vida y en la obra del pensador, evidenciando que los viajes y las geografías físicas encarnan sus correspondientes geografías morales[5].

Podríamos remontarnos, en cuanto a la relación entre ciudad y filosofía, a la Ciudad Ideal de Platón o a la Ciudad Filosófica de Descartes, a una ciudad fundada y fundamentada con un gesto inaugural que sigue un crecimiento planificado; pero no es éste el caso de la “ciudad filosófica” de Santayana —si así podríamos llamarla—, que sin duda alguna tiene poco de ideal y corresponde más a una ciudad real. De la misma forma que Santayana nunca quiso crear un sistema filosófico nuevo, una fundación a priori , según escribió en Escepticismo y fe animal (“mi sistema no es mío, ni es nuevo”)[6], abominaba morar en ciudades nuevas, modernas, de reciente inauguración—se fue apenas pudo de Boston, donde se encontró siempre fuera de lugar. Podríamos definir su sistema como una fundación a posteriori , un volver a visitar y morar en sistemas y ciudades ya fundados, con sus barrios, sus calles y callejuelas, habitando dentro y fuera de sus murallas, observando desde arriba o bajando por la ladera de los montes.

Para seguir la senda de nuestro razonamiento, a Santayana, que nunca olvidó sus veleidades juveniles de ser arquitecto, no le interesaba ser el arquitecto de un proyecto como la Ville radièuse , a partir de un espacio separado, desconectado, metafísico, como hizo Le Corbusier en esos mismos años en que Santayana planeaba su pensamiento.

Tendríamos que recordar el trabajo posterior de Eugenio Trías en Ciudad sobre ciudad [7] para encontrar algo parecido y remontarnos, como el filósofo español hace, al Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas , donde se habla de “una ciudad —según las palabras de Trías— que al estilo de las viejas ciudades europeas posee sus barrios y suburbios sobre los que se edifican nuevos acomodos urbanos, y en donde conviven viejos barrios con expansiones o ensanches de nueva planta”[8]. Hablando de esa ciudad, que Wittgenstein compara con el lógos, a lo mejor pensaba en Viena u otra ciudad del Imperio austrohúngaro, pero en paralelo bien podría ser también Ávila para el caso de Santayana, la ciudad que siempre consideró como su centro, o bien Roma, la Roma que eligió para vivir y morir, sin dejar de pensarlas como lugares simbólicos en y de sistema.

Voy a intentar explicarlo ya a partir del prefacio a Escepticismo y fe animal (1923). Santayana dijo que tenía una idéntica postura en el mundo y en la filosofía, donde se veía como un animal que explora y sitia a la verdad como se podría sitiar una ciudad amurallada por un lado o por otro, sin pensar sin embargo en conquistarla deliberadamente o habitar sus distintos barrios todos a la vez. Escribe:

No pretendo colocarme en el corazón del universo, ni en su origen, ni dibujar su periferia. Sitiaré a la verdad sólo como pueden hacerlo la exploración animal y la fantasía, primero desde un sector y luego desde otro, no esperando que la realidad sea más simple que mi experiencia de ella, sino mucho más extensa y compleja. Me hallo en la filosofía exactamente donde me hallo en la vida diaria; no sería honesto si procediera de otra forma. Acepto los mismos testimonios diversos, me inclino ante los mismos hechos evidentes, hago conjeturas no menos instintivamente y admito la misma ignorancia apremiante.[9]

De la misma manera se podría hablar de su relación con el lenguaje, que, siendo “parcialmente una construcción libre y parcialmente un instrumento para simbolizar y revestir la expresión de las diversidades existentes de las cosas”, pretende habitar de la misma forma móvil y abierta, pues no se le oculta que, aunque “algunos lenguajes, dada la constitución y hábitos del hombre, pueden parecerle más hermosos y convenientes que otros, es un celo tonto, en un patriota, insistir que sólo su lengua nativa es inteligible o tiene razón”[10].

La ciudad de Santayana es el resultado de la intensa labor previa del viajero escéptico que visita lenguaje por lenguaje, ciudad por ciudad, calle por calle, barrio por barrio, la superficie y el fondo, para buscar dónde puede estar, “si está en alguna parte, la sustancia”[11]. Esa labor es una labor de duda y negación que va desmantelando las fortificaciones del prejuicio, las veleidades del conocimiento —muchas veces no nos resignamos a la idea de que podemos llegar sólo a un conocimiento simbólico—, y así, dudando y negando, se va encontrando en una improbable morada como es la paradoja, o bien encima de un monte que le “puede proporcionar un buen punto de observación en tiempo claro para trazar un mapa del territorio y para elegir una morada”[12].

A partir de esa paradoja o ese “punto de observación en tiempo claro”, que remite al lugar de la ciudad amurallada, se puede forjar un punto de vista cerrado pero a la vez abierto, interno pero a la vez externo con el que el viajero filosófico empieza a bajar la vertiente y a edificar la casa y el discurso, que nunca llegará a abarcar todas las esencias, aunque todas estén a mano, y que nunca agotará todos sus temas[13], aunque en una suspensión del movimiento, en una pausa para la respiración, en un silencio ominoso y terrible, el animal humano las pueda ver como si fueran rayos de luz. Pero el viajero vigila todos los barrios con detenida atención, y empieza a cultivar su “fe animal”: fe en la experiencia, en el yo, en la memoria y en la naturaleza. El observador así conformado está gozando de esa posición —como encima de una montaña o en el cenit de un movimiento pendular— que le ha proporcionado la labor bruta del escéptico para poder después ejercer su fe y empezar la edificación o la búsqueda de esa morada estable en su inestabilidad, desde cuya ventana o puerta el observador o el espíritu puedan comprender su posición en el mundo. Y tal comprensión será su victoria:

Al ser la fe animal una especie de boquiabierta expectación, es anterior a la intuición, las intuiciones vienen a ayudarla y le prestan algo en que creer. […] La fe pende entonces cual un péndulo en reposo, pero cuando la perplejidad hace oscilar locamente ese péndulo más y más, puede por un momento detenerse temblando en un punto de equilibrio inestable en la parte más alta, y en esta posición vertical compararse con el escepticismo universal. Es un equilibrio más prometedor y asombroso que el otro, porque no puede mantenerse; pero antes de caer del cenit y desistir de indicar verticalmente el cero, el péndulo de la fe puede vacilar por un instante hacia qué lado caer, si en esa incómoda altura ha perdido realmente todo ímpetu animal y todo perjuicio antiguo. Antes de mis razones […] es bueno haberse detenido para respirar en el ápice del escepticismo, y haber sentido los privilegios negativos de esa posición. La mera posibilidad de la misma, en su pureza, está llena de enseñanza, y aunque por mi parte sólo irónicamente por un escrúpulo de método he insistido en ella, pues me propongo cambiarla en seguida por el sentido común, más de un gran filósofo ha buscado sostenerse acrobáticamente en esa altura. Pueden no haber tenido éxito; pero un sitio improbable de vivienda, como la cima de una montaña, puede proporcionar un buen punto de observación en tiempo claro para trazar un mapa del territorio y para elegir una morada.[14]

Santayana reconoce en Personas y lugares que un espíritu y una mente independiente tienen que tener un cuerpo, un hábitat, un lugar de origen, un punto de vista, una ventana desde la que contemplar el mundo y el flujo de la vida natural para que el espíritu pueda enmarcarlo, juzgarlo, recoger sus frutos gracias a la observación, encontrar una morada y pintar ese mapa del que antes hablamos. “El espíritu es la vida que mira desde una ventana”[15], sugiere el filósofo en Los reinos del ser . Y la intuición de todo esto cabe situarla, como se desprende con claridad de Personas y lugares , en Ávila. La ciudad amurallada, “antigua y nobiliar”[16], se convirtió en su locus standi siendo un “excelente Aussichtsthurm ”, una torre panorámica, una ciudad encima de la montaña, cerrada pero a la vez extraordinariamente abierta con amplio panorama, que le ofrecía todo lo que nos dijo necesitaba el filósofo para su filosofía. Siendo animal además y no planta, los vínculos —para no hablar de raíces— afectivos y legales que tenía en Ávila, “no obstante ser los más profundos —escribe Santayana— me dejaron […] extraordinariamente libre”, y este hecho fue “una circunstancia afortunada para mi filosofía. Me enseñó a poseer sin ser poseído, a pesar de proporcionarme un emplazamiento particularmente estable y característico“[17].

Santayana vivió hasta los nueve años en Ávila, volviendo allí siempre apenas pudo, y cumpliendo su última visita a la ciudad en mayo de 1930. Se vinculó a ella por una casualidad afortunada que lo convirtió en “un español exiliado”[18].

¿No habrá encontrado entonces en Ávila el lugar, la posición y la perspectiva, desde los que el filósofo, su mente viajera, tiene que pensar, entender el mundo y trazar su mapa? ¿No será la condición del exiliado sin exilio la condición necesaria del intelectual moderno para observar el mundo, las personas y los lugares? ¿No será, a lo mejor, no un exilio de la tierra, sino una lejanía de lo que le habían dejado en el fondo del alma esos paisajes natales que constituían una representación mucho más profunda y conceptual, lo que le hace añorar Ávila? ¿No será, como dice Ramón J. Sender en “Santayana o el hombre del margen”[19], que “Santayana con los paisajes de Gredos en el alma luchaba entre dos tendencias opuestas: la materia pura y el puro espíritu”[20]? O sea: ¿no será que estar lejos de esos paisajes de Castilla, que se le habían entrado por los ojos de su infancia y se le quedaron en el fondo del alma hasta su muerte, le hacía sentirse exiliado del “único país de Occidente que se ha atrevido a dramatizar la noción del todo”[21], como sigue recordándonos Sender?

Santayana escribió en uno de sus poemas más citados, “Ávila”, compuesto en una de sus visitas a la ciudad amurallada en los años 1890, que era “exiliado no sólo del páramo ventoso/ donde alza el Guadarrama sus crestas berroqueñas,/ sino también del reino celestial, de la meta/ segura de esperanza, de todo lo mejor”[22].

¿No será entonces ésta la condición del filósofo moderno que, como el pequeño Jorge, ha sufrido “un desheredamiento moral, un enfriamiento emocional e intelectual, un sentido mezquino y práctico de la perspectiva”[23] que le han hecho sentirse foráneo, ajeno solitario en su casa, en la casa del ser? ¿No será la crisis de la Modernidad?

De hecho Santayana padeció estas adversidades en Boston, pero, como él mismo confiesa, se convirtieron en algo favorable para el filósofo y su filosofía, que como habitante del margen pudo ser testigo del temple intelectual de la época; pudo divisar “los vientos de doctrina” desde la condición del que vive fuera de lugar como un extranjero en su casa; y pudo observar la situación del habitante de las ciudades modernas que viven sin nada subterráneo, sin desierto, sin catástrofe última...

Creo que, comparando Ávila con Harvard, el filósofo evidencia las circunstancias que favorecieron un momento donde se decidió su actitud vital y filosófica:

La dignidad de Ávila era demasiado obsoleta, demasiado inoportuna, para hacer otra cosa que estimular una imaginación despierta ya, y prestar realidad a la historia; mientras en Harvard una riqueza de libros y sinceridad intelectual en abundancia acompañaban a una penuria espiritual y confusión moral tales como para no ofrecer a la mente huérfana más que un billete de la lotería o una oportunidad en la bolsa de la fortuna. Era necesario traer un alma firme a esta Feria del Mundo; había que escapar de este tiovivo, si se quería encontrar sentido a algo o llegar a conocerse uno mismo.[24]

Santayana traía un alma firme y “una base fija, material y moral”[25], pero se sintió igualmente desplazado moral, social y religiosamente en Boston. Haciendo de necesidad virtud, vivió este “desplazamiento” como la condición del intelectual moderno que habita literal y metafóricamente lejos de casa. En un poema de 1894, “Cape Cod”, el joven poeta exclama mirando “la bahía y la larga línea del horizonte/ ¡Qué lejos yo de casa!”. Y se pregunta: “¿cuándo arribará el barco?”[26]. Santayana sabe que, para encontrar el barco y el camino hacia su morada, tiene que recordar, como había escrito ya en uno de sus primeros sonetos, que “el saber es cual tea de resinoso pino/ que ilumina el sendero sólo un paso adelante/ a través de un vacío de misterio y de miedo”[27].

No hay que olvidar que el verdadero núcleo que constituía a Santayana, o, nunca mejor dicho, el ámbito [28] que ocupaba, era una combinación, nada fácil de unificar, de Ávila y Boston, de dos polos opuestos[29]. Pero según Santayana “la unión de los contrarios en las cosas no comporta ninguna contradicción en la esencia”[30] y, en consecuencia, su morada y su sistema tenían que representar ambos lados. Naturalmente, no pretendía glorificar la dialéctica hegeliana; no prefería un polo o su opuesto, porque de tal forma favorecería una continuación a su opuesto negándole; y tampoco aspiraba a una síntesis. Su arte de vivir y de pensar aspiraba a un equilibrio entre polos opuestos en tensión con sus ambigüedades y contradicciones. Dice en Los reinos del ser : “aquí las esencias esencialmente diferentes (siendo cada una invenciblemente sí misma) se encuentran alternativa y simultáneamente presentes”[31]. Sólo de esta forma podía acoger el mundo del dinamismo, de la potencialidad y a la vez los reinos de la materia, del espíritu, de la esencia y la verdad[32].

En Ávila había encontrado lo que significaba tener un lugar, estar emplazado, y era la ciudad misma la que conllevaba polos opuestos de modo drástico e invencible, la que contenía elementos contrarios que eran casi lo mismo, la pura roca, la pura tierra y monte pelados, la materia en esencia, y por otro lado, el inmenso cielo, el azul increíble, la inmensa luz. El cierre de las murallas y la extraordinaria apertura panorámica. Era el reino de materia y del espíritu. Ávila era todo eso, no sólo una excelente torre panorámica, sino también una urbe y a la vez una villa, ciudad y campo, oasis y desierto, presente y pasado; era un oppidum, “una ciudad amurallada, una ciudad catedralicia, toda grandiosidad y granito; sin embargo, —escribe Santayana en Personas y lugares — es tan pequeña que parece estar en el campo. No hay más que alejarse unos pasos de una de las elevadas puertas para encontrarse uno inmediatamente entre campos de trigo o sobre páramos de roca y viento. A esta altitud la naturaleza primitiva y pelada ha coexistido durante siglos con la más hermética y fortificada civilización eclesiástica y militar. Nadie necesita añorar aquí el rus in urbe (el campo en la ciudad); tiene lo contrario, que es casi un equivalente. Tiene lo que podríamos llamar urbs ruri , o más bien oppidum in agris ”[33].

Jean-Pierre Vernant, en Mythe et pensée chez les Grecs [34], recuerda por el contrario que los griegos llamaban agrós lo que se oponía al mundo de la ciudad, la casa y aun de los campos cultivados. Era la tierra pastoril y de paso, para llevar a pastar a los animales o para cazar animales salvajes. Era el campo lejano y salvaje. En Ávila, las murallas cerraban, “pero con toda su solidez no ocultaban el campo a la vista.” Según observa el filósofo, “a cada instante, a través de cualquiera de las puertas de la ciudad, o desde algún baluarte, el amplio valle se hace visible, con su tablero de campos arados y álamos dispersos que bordean las rectas carreteras o se agrupan a lo largo de los charcos junto al río; y por la noche, en las montañas, no tan lejanas, las lumbres de los pastores centellean cual estrellas bajeras. Y si la gente de la capital está demasiado ocupada y miope para acordarse del campo, el campo invade la ciudad todos los viernes por la mañana y llena el mercado de campesinos y mercancías rurales”[35].

Atravesando el océano, en Boston, en cambio, Santayana había aprendido lo que significaba estar desplazado. De hecho, no pudo encontrar nunca su espacio vital, su Lebensraum, en América, gastó su vida en buscar un lugar mejor, aunque sin dejar de habitar en el que moraba, como los viajeros natos tienen que hacer. Por lo visto Boston fue un accidente en su vida y por lo tanto su “accidental extranjería favoreció su apropiada libertad espiritual”.

[…] por casualidad fui extranjero donde me educaron; y aunque el nuevo idioma y las nuevas costumbres me interesaron y no me crearon ninguna dificultad seria, especulativa y emocionalmente, sobre todo respecto a la religión, el mundo que me rodeaba era completamente indigerible. También los tiempos avanzaban, con rapidez y tono triunfal, hacia lo que para mí era el caos y la trivialidad universal. Al principio estas discordias parecían truenos lejanos. Externamente aún no eran violentas; el mundo sonreía en mis ojos al hacerme hombre, y las bellezas y la dignidad del pasado quitaban importancia al presente. Y al ir con el tiempo creciendo en mí el sentimiento de ser extranjero y exiliado por naturaleza, así como por casualidad, llegó a ser motivo de orgullo; puede que a algunos les haya parecido afectación. No lo era; siempre he admirado el hijo normal de su época y su país. Mi caso fue humanamente desventurado y acarreó muchos defectos; pero me abrió otra vocación, no mejor (no admito normas absolutas) sino más especulativa, más justa y para mí más feliz.[36]

Boston, entonces, era todo lo contrario que armonía, o unión de elementos en contradicción y tensión, o las paradójicas aperturas de las que Santayana se había nutrido en Ávila. En Boston la gente se afanaba por ideas teóricas aunque chocasen con la práctica, se afanaba por la libertad, se afanaba por juzgar de acuerdo con unas nociones trascendentales de una justicia abstracta. Nos dice de Boston que “era un lugar agradable con gente muy agradable; pero era un excelente lugar estratégico del que partir, cuando se pertenecía a él, más que un deseable punto de llegada si se había nacido en otro sitio. Era un semillero moral e intelectual siempre ocupado en aplicar principios fundamentales a cosas sin importancia”[37]. Hasta el punto que Santayana nunca se sintió, paradójicamente, libre en la tierra de la abundancia y la libertad, sino prisionero de un sentido mezquino y práctico de la perspectiva; todo le quitaba el aire y le encerraba en el campo de la moral electiva.

Es curioso observar cuánta libertad se restringe por la idea de que todo el mundo debiera ser libre e independiente. El campo de la moral electiva se extiende entonces a todo y la noción de que uno tiene el deber de elegir sus modales y sus opiniones no les deja jamás ser espontáneos y expresar realmente el pensamiento propio.[38]

Todo era separación de las cosas más elementales, como se podía hasta ver en los barrios de la ciudad americana, en sus calles: “porque en Boston el color moral no se limitaba a las acciones y los sentimientos, sino que impregnaba las cosas y los lugares”[39]. Naturalmente la perfección residía en el barrio rico y eminente de Beacon Hill, e iba descendiendo hacia zonas en que sólo dentro de ciertos límites podía hallarse algo de ella, por ejemplo la zona llana construida hacia el oeste, donde se limitaba sólo al lado soleado de sus calles, de Beacon Street y Commonwealth Avenue. La separación se podía ver incluso dibujada y planeada en las parcelas aún vacías de las zonas nuevas de la ciudad moderna, provisional y medio construida en la década de 1870, una ciudad casi esperpéntica, que los constructores y especuladores iban conquistando al mar (como Back Bay, la franja junto al Charles River que antes fueron marismas y luego la zona donde había vivido al principio Santayana con la madre y sus hermanos, en Beacon Street 302).

En 1912 Santayana leyó en Berkley el ensayo que lleva por título “La tradición gentil en la filosofía americana”, un análisis de la cultura americana que dejó boquiabierto a su público. Allí afirmaba que América era un país joven, pero con una mentalidad antigua, como un niño sabio y criado con atenciones y solidamente adoctrinado, pero que no dejaba de ser un niño con una cabeza anciana sobre sus hombros. De pronto rectificó diciendo que no era sólo un país joven con mentalidad antigua, sino con dos mentalidades, “una el vestigio de las creencias y las pautas de los padres, la otra la expresión de los instintos, la práctica y los descubrimientos de las generaciones más jóvenes”[40]. Con este pronunciamiento Santayana señaló que América había sufrido una escisión, una división, una separación y que resultaba ser una de sus mayores características. La mente y el intelecto americano padecían de una dicotomía, una duplicidad, y esta separación podía encontrarse simbolizada a ojos vistas en la arquitectura americana: en la mansión colonial, por un lado, y en el rascacielos, por otro.

Ese mismo año de 1912 se marchó de Estados Unidos para no volver ya nunca más. Viajó por España, por Egipto, Palestina, Grecia, y por la Italia meridional; después se fue a París y a Inglaterra, donde se encontraba al estallar la Primera Guerra Mundial. Sólo después de la guerra pasó su primera temporada larga en Roma en el invierno de 1920 y, a partir de entonces, tomó la costumbre de veranear en París, Londres, Ávila, o Cortina d'Ampezzo, y transcurrir las primaveras y los otoños en Venecia, sin dejar de pasar los inviernos en Roma. Al ir haciéndose mayor, en los años 30, se fue retirando cada vez más del mundo y dejó de salir fuera de Italia, hasta su definitivo retiro en la Clínica romana de las Monjas Azules en Via Santo Stefano Rotondo 6, sobre el monte Celio, donde estuvo desde el 14 de octubre de 1941 hasta su muerte el 26 de septiembre de 1952.

En Roma Santayana encontró su casa. Había hallado el barco que lo llevaría otra vez a casa. Se trataba de una morada que había retenido el numen o la esencia de Ávila y Boston, los sitios que le habían enseñado lo que significaba estar en casa para el hombre y el filósofo moderno, o sea, estar en casa estando lejos de casa. Le habían enseñado cómo habitar en una improbable morada, o sea, habitar y pensar la paradoja y desde la paradoja. Le habían enseñado a vivir bajo nuestro cielo en el reino del espíritu, sin oponerse de ninguna forma al reino de la materia. En Roma consiguió estar emplazado en su desplazamiento, ser un extranjero en su morada física y moral. Efectivamente escribió Santayana en Personas y lugares que, con el pasar de los años, “estaba materialmente menos ligado que nunca a un lugar en particular”, pero dice: “moralmente mi esfera natural se había delimitado. Yo era hijo de la cristiandad; mi herencia era la de Grecia, la de Roma antigua y moderna, y la de la literatura y filosofía de Europa. La historia y el arte cristianos contenían todas mis tradiciones espirituales, mi lenguaje intelectual y moral”[41].

En Roma había encontrado su lugar de descanso predestinado: “omnium urbis et orbis ecclesiarum”, dice la inscripción de la Basílica Lateranense, “mater et caput”[42]. Roma era madre y cabeza de su mundo moral. “No podía sentirme más a mis anchas en ningún otro sitio (I could not be more at home anywhere), conservando al tiempo mi carácter esencial de extranjero y de viajero, con la libertad filosófica que ello implica.”[43] El hombre y el filósofo en su vejez habían aprendido que, al renunciar a todas las cosas, se puede poseerlas todas idealmente. Su espíritu había encontrado su morada en la soledad, lejos de sus lenguas y de sus tierras, sobre el monte Celio, en Roma, en una humilde celda, porque en la soledad y en la humildad se puede ver la esencialidad de las cosas, viajando continuamente con el pensamiento a todas las épocas y países y disfrutando del divino privilegio de la ubicuidad sin moverse de su predestinado centro de gravedad y equilibrio.

En Roma Santayana había llegado, sin llegar nunca, al lugar físico, moral e intelectual de donde había salido. Como confirma una carta que escribió tres días después de entrar en la Clínica de las Hermanas Azules. El 17 de octubre de 1941 escribe a su amigo George Sturgis: “Me siento como si me hubieran transportado milagrosamente a Ávila. La cima del Celio es como la vieja Roma rústica y en ruinas de hace un siglo, y esta casa y las Hermanas, todas irlandesas, tienen las mismas cualidades de la buena gente de provincia en España —como los Sastres, por ejemplo”[44]. Quien, como la que firma estas páginas ha hecho, quiera recorrer con atención los paseos que el anciano filósofo recorría a diario en Roma según sus memorias, se dará cuenta: murallas, puertas de murallas, colinas con vista panorámica, iglesias, campanas, callejuelas y lejanías, vastas perspectivas y sólidos cimientos, laberinto y amplitud despejada.

En Roma, en la Ciudad Eterna, me siento más cerca de mi propio pasado, y de todo el pasado y el futuro del mundo, de lo que pudiera estarlo en cualquier cementerio o museo de reliquias. Los viejos lugares y las viejas personas a su vez, cuando el espíritu mora en ellos, tienen una intrínseca vitalidad de la que la juventud es incapaz; precisamente el equilibrio y la sabiduría que provienen de las largas perspectivas y los anchos cimientos. Todo brilla entonces para el espíritu con su propia luz, en su propio lugar y tiempo; pero no como brilló ante sus propios ojos desasosegados. Porque ante sus propios ojos cada persona y cada lugar era el centro de un universo lleno de cosas amenazadoras y tentadoras; pero la vejez, al tener menos intensidad en el centro, tiene más claridad en la circunferencia y sabe que precisamente porque el espíritu es, en cada punto, un centro particular para todas las cosas, ningún punto, ninguna fase del espíritu, es materialmente un centro público para todo lo demás. Así el reconocimiento y el honor fluyen hacia todas las cosas, desde la mente que las concibe justamente y sin egotismo; y así la mente se reconcilia con su propia existencia momentánea y con su limitada visión mediante el sentido de los infinitos suplementos que la cobijan por todos los lados.[45]

El anciano filósofo no sólo vivía literalmente encima de un monte contemplando una larga perspectiva desde su ventana con vistas a la Roma de los Foros Imperiales, sino que gozaba metafóricamente de esa posición —como encima de una montaña o en la altura cenit de un péndulo. Santayana se había convertido él mismo en una solitaria cumbre montañosa, no en una desoladora prisión, pues en él moraba el espíritu que había llegado a una compresión de su lugar y su destino; se había convertido en una ciudad antigua, en un viejo lugar. Esto fue posible porque había dejado con su voluntad y retenido como idea su Ávila y su Boston, situándose siempre en la vida donde se situaba en la filosofía.

* Graziella Fantini es autora de la tesis doctoral Shattered Pictures of Places and Cities in George Santayana's Autobiography , Universidad de Venecia, 2006. Acaba de publicar la edición de George Santayana, Fragmentos de correspondencia romana. George Santayana a Robert Lowell , Roma, Instituto Cervantes, 2006. Sobre Santayana ha escrito también “Lugares para una vida elegida”( Teorema , vol. XXI/1-3, 2002) y “Criticare un'autobiografia, censurare una vita e un pensiero. Il caso George Santayana”(en Memoria Scrittura Censura , Venecia, Cleup, nº 1, 2005).

NOTAS

1. George Santayana, “El ocioso y sus obras”, en Teorema , Madrid, vol. XXI/1-3, 2002, pp. 185-195.

2. Ibid ., pp. 187-188.

3. Ibid ., p. 187.

4. G. Santayana, Personas y lugares. Fragmentos de autobiografía , Madrid, Trotta, 2002.

5. Éste es un tema que José Beltrán Llavador planteó en las páginas introductorias de su estudio Celebrar el mundo: introducción al pensar nómada de George Santayana (Valencia, Universidad de Valencia, 2002, pp. 41-45). Mi estudio es deudor de sus sugerencias.

6. G. Santayana, Escepticismo y fe animal , Madrid, Losada, 2002, p. 9.

7. Eugenio Trias, Ciudad sobre ciudad. Arte, religión y ética en el cambio de milenio , Barcelona, Destino, 2001.

8. Ibid ., p. 15.

9. G. Santayana, Escepticismo y fe animal, op. cit ., p. 10.

10. Ibid ., p. 10.

11. Ibid ., p. 52.

12. Ibid ., p. 134, pero he cambiado algunas palabras de la traducción de la edición citada.

13. Santayana utiliza una imagen maravillosa para describir el razonamiento en Escepticismo y fe animal : “[Mi razonamiento] atraviesa el reino de la esencia, cual en una mezquita un rayo de luz de alguna alta abertura puede lanzarse a través de las sombrías alfombras; es una iluminación breve, angosta, cambiante en algo vasto y rico” ( op. cit. , p. 160).

14. Ibid. , p. 134.

15. “Spirit is life looking out of a window” ( Realms of Being , Nueva York, Scribner's, 1942, p. 10).

16. G. Santayana, Personas y lugares , op. cit. , p. 131.

17. Ibid ., p. 132.

18. Ibid ., p. 132.

19. En Ramón J. Sender, Examen de ingenios. Los noventayochos , México, Aguilar, 1961, pp. 273-305.

20. Ibid ., p. 289.

21. Ibid ., p. 290.

22. En Alonso Gamo, Un español en el mundo: Santayana , Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1966, p. 438.

23. G. Santayana, Personas y lugares , op. cit. , p. 44.

24. Ibid ., p. 132.

25. Ibid ., p. 479.

26. En Alonso Gamo, Un español en el mundo: Santayana , op. cit. , p. 400.

27. Ibid ., p. 258, Soneto III, Primera serie, 1883-1893.

28. “Ámbito” proviene de “ambo” y significa los dos juntos.

29. En un ensayo autobiográfico “Brief History of my Opinions” (en George Plimpton Adams and William Pepperell Montague eds., Contemporary American Philosophy: Personal Statements , Nueva York, The MacMillana Company, 1930) habló de “opposite quarters, moral and geographical”. “Breve historia de mis opiniones” se tradujo en la revista Sur de Buenos Aires en 1933.

30. G. Santayana, Realms of Being , op. cit. , p. 429. La traducción es mía.

31. “[…] here essences essentially different (since each is invincibly itself) are found alternately or simultaneously present” ( Realms of Being , op. cit. , p. 430).

32. Véase Ignacio Izuzquiza, George Santayana o la ironía de la materia , Barcelona, Anthropos, 1989 y Filosofía de la tensión: realidad, silencio y claroscuro , Barcelona, Anthropos, 2004.

33. G. Santayana, Personas y lugares , op. cit. , pp. 132-133.

34. Jean-Pierre Vernant, Mythe et pensée chez les Grecs , París, La Découverte, 1965, 2005, p. 185 (trad. Mito y pensamiento en la Grecia antigua , Barcelona, Ariel, 1985).

35. G. Santayana, Personas y lugares , op.cit ., p. 134.

36. Ibid ., p. 569.

37. Ibid ., p. 83.

38. Ibid ., p. 97.

39. Ibid ., p. 95.

40. G. Santayana, La tradición gentil en la filosofía americana, León Universidad de León,1993.

41. G. Santayana, Personas y lugares , op. cit. , p. 479.

42. Ibid ., p. 497.

43. Ibid ., p. 497.

44. G. Santayana, The Letters of George Santayana , ed. D. Cory, Nueva York, Scribner's, 1955, p. 350.

45. Ibid ., p. 566.

 

 

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