Promociones

Terminar con el hambre: la respuesta no es nuevos alimentos, sino una nueva mirada
Frances Moore Lappé

Todos los seres humanos nos ponemos gafas, incluso si nuestra visión es 20/20. Con eso quiero decir, simplemente, que todos usamos lentes que determinan lo que podemos o no podemos ver. Resulta que vemos lo que esperamos ver, lo que encaja dentro de nuestra visión preestablecida de la realidad, lo que denomino nuestro mapa mental.

Tómese la innecesaria tragedia del hambre que interrumpe las vidas de cerca de 850 millones de personas: treinta y cinco años antes los expertos nos decían que la escasez era la causa del hambre; habíamos alcanzado los límites de la tierra y la hambruna era inminente. Sin embargo, tal como escribí en 1971 en un breve libro titulado Diet for a small planet [1], el mundo estaba produciendo alimentos suficientes para que todos estuviéramos rechonchos. Y, a comienzos de este nuevo siglo, la humanidad disfruta de un 23% más de alimentos por persona de lo que estaba disponible hace cuarenta años. Hay alimentos en abundancia.

Cuando era una mujer joven aprendí que creamos la escasez que decimos que tememos. Todavía lo hacemos. Restringimos considerablemente nuestras provisiones cuando dedicamos aproximadamente un 40% del grano y la soja mundiales al ganado, recuperando solamente una pequeña fracción de los nutrientes en forma de carne. ¿Por qué? Montañas de grano van destinadas a los animales porque millones de personas son demasiado pobres para “demandarlo efectivamente”.

Todavía llevamos puestas las “lentes” de la escasez. Las corporaciones del negocio agroalimentario comercializan aún de manera persuasiva sus peligrosas e incontroladas semillas transgénicas argumentando que es la única manera de que el hambre desaparezca del mundo. El Presidente de la compañía Monsanto utilizó el mito de la escasez en el año 2001 cuando dijo: “La agricultura poco productiva es la causa de la pobreza, el hambre y la malnutrición”.

Necesitamos unas lentes nuevas. Necesitamos un relato más preciso para explicar el hambre. Sólo entonces seremos capaces de ver sus raíces y de extraerlas.

Aquí va mi sugerencia: ¿qué ocurriría si nos diéramos cuenta de que el hambre y la pobreza son hoy síntomas de algo mucho más profundo? Ambos son síntomas de la impotencia humana o, más precisamente, de nuestros sentimientos de impotencia. Y, ¿cuál es la causa de esta impotencia para dar cuenta de nuestra urgencia más básica, dar de comer y alimentar a nuestros descendientes?

Todo radica en nuestras cabezas, en las ideas que tenemos de nosotros mismos y de nuestros lazos con los demás y con la Tierra. La idea occidental dominante es la que denomino “democracia inerte”. Se trata de la creencia de que el hambre y, virtualmente, cualquier otro problema de la sociedad pueden ser resueltos mediante una combinación de gobierno electo y economía de mercado (individualmente gobernada).

Esta democracia es mortífera. Nuestros problemas sociales y medioambientales son demasiado profundos, demasiado complejos y están demasiado interrelacionados para ser resueltos trasladándolos a alguien en las alturas, incluso a alguien a quien hayamos elegido. Las soluciones no pueden emerger en las democracias inertes porque requieren la ingenuidad, la experiencia y el compromiso para actuar que sólo surgen cuando los ciudadanos más cercanos a los problemas tienen voz para proporcionar las respuestas.

Más aún, las lentes de la democracia inerte no sólo arrojan “el mercado” como respuesta, sino una variante reciente y peculiar del mismo, una variante dirigida por una única regla: los beneficios más grandes para la riqueza ya existente, para aquellos que ya poseen lo que les corresponde. En ese tipo de mercado, ahora convertido en global, la riqueza se concentra de manera incesante en manos de unos pocos y el oligopolio reina en la mayoría de las industrias principales, de forma que el mercado abierto muere. “No hay un solo grano de nada en el mundo que se venda en el mercado libre. Ni uno sólo. El único lugar en el que puede percibirse el mercado libre es en el discurso de los políticos”, admitía el director general del gigantesco negocio agroalimentario Archer, Daniels Midland, en 1990.

Lo que es más, esa riqueza concentrada —con 691 billonarios que controlan más riqueza de lo que llegaría a ganar en un año más de la mitad de la población de la Tierra— infecta y distorsiona, inevitablemente, el proceso político. En Estados Unidos, 61 lobbies , la mayoría de ellos pagados por corporaciones multimillonarias, vagan por los pasillos del Congreso para cada cargo que los ciudadanos americanos han elegido para representarlos. Las voces de los americanos quedan así, efectivamente, ahogadas.

No es casualidad que el hambre siga incrementándose, incluso en América, donde la comida tiene unos precios tan bajos que los granjeros alcanzan un nivel de suicidios tres veces superior a la media nacional. En medio incluso de este exceso, el número de americanos que ya no está seguro de dónde podrá obtener la siguiente comida es casi tan grande como la población de Canadá.

Afortunadamente, con el paso del tiempo, los humanos estamos despertando. Cada vez más personas aprenden que podemos hacer lo que antes parecía imposible para nuestra especie: contemplar las lentes que todos llevamos puestas y elegir, conscientemente, unas que sean más útiles para nuestra vida.

Yo denomino a estas lentes “democracia activa”. Si la democracia inerte contempla a los seres humanos como estrechamente egoístas, como materialistas competitivos, la democracia activa arranca con presunciones más complejas. Podemos ser autosuficientes y materialistas, seguro. Pero radicadas de manera más profunda en la naturaleza humana encontramos otras necesidades y capacidades: imparcialidad, cooperación, poder —entendiendo “poder” como la capacidad de crear. La democracia activa se construye sobre estas capacidades.

Con estas nuevas lentes, la democracia deja de ser una estructura fija de gobierno. Es, más bien, un conjunto de valores que va más allá de la política para abarcar la economía y la vida cultural. Ya no es algo que se nos hace o que es para nosotros producida por autoridades distantes. La democracia es una manera gratificante de vivir nuestra vida cotidiana; es lo que nosotros creamos.

Qué difícil resulta ver esta revolución de la dignidad humana en la que los ciudadanos arriesguen sus vidas para despojar a los gobiernos del poder de la riqueza e infundir el poder de los valores democráticos —inclusión, responsabilidad mutua e integridad— en el sistema económico y más allá. Las antiguas lentes se robustecen constantemente. Por tomar un solo ejemplo, los editores del New York Times lamentaban de manera apocada el trabajo en las fábricas en los países en vías de desarrollo durante largas jornadas con bajos salarios y en malas condiciones laborales, pero proclamaban seguidamente: “pero la alternativa sería aún peor”. En otras palabras, o una globalización controlada por las corporaciones, que deriva de manera inevitable de la democracia inerte, o nada.

Qué equivocados están. En Bangladesh, la “democracia activa” emerge cuando las poblaciones tienen acceso al crédito y lo usan para crear empresas que han sacado de la pobreza al doble de familias de las que están empleadas por un penique la hora en las empresas de exportación de ropa allí radicadas.

O consideremos la India. Los medios de comunicación corporativos no nos informan de que las cooperativas lácteas dirigidas por mujeres han incrementado durante varías décadas los ingresos de más de once millones de hogares. Compárese esto con el millón de trabajos creados por la industria de alta tecnología, de la que tanto oímos hablar. En el estado indio de Kerala, el hambre está siendo dominada mediante aproximaciones participativas que han conseguido un acceso igualitario a la tierra y a la educación. Gracias a una pequeña fracción de sus recursos, Kerala ha alcanzado tasas de longevidad comparables a las de los países industrializados. Y esa campaña estatal de planificación descentralizada ha formado a miles de ciudadanos en la administración y planificación de mejoras rurales.

De la misma manera, el movimiento brasileño de los trabajadores sin tierra ha obtenido los títulos legales de más de veinte millones de acres para un cuarto de millón de familias sin tierra, creándose comunidades autogobernadas cuyas empresas y granjas sustentan valores comunitarios. La mortalidad infantil ha caído y los salarios de los miembros son muy superiores a los jornales diarios que recibían anteriormente. Brasil está planificando también nuevas medidas en una docena de ciudades para permitir la participación ciudadana en la elaboración de sus presupuestos, una buena parte de los cuales se dirige a los barrios más desfavorecidos.

La democracia activa implica concentrarse en lo que los pobres están construyendo y en la forma de cambiar el poder de manos o, al menos, en la manera de eliminar los obstáculos más grandes que las democracias inertes ponen en sus caminos. Uno de los obstáculos son los subsidios a las grandes empresas, que representan, aproximadamente, un billón de dólares anualmente en todo el mundo. Entre los más dañinos están los subsidios a la agricultura que contribuyen al dumping de los productos agrícolas sobre los mercados del Tercer Mundo, rebajando los precios de los campesinos más pobres. Podemos eliminar estos obstáculos y proporcionar ayuda a estos movimientos sociales, vibrantes generadores de empleo, mediante la donación de microcréditos, tanto aquí como en otros países.

El hambre está causada por la escasez, hasta ahí es cierto. Pero no por falta de alimentos. Deriva de la escasez de democracia activa. Mirando a través de estas lentes, la cuestión no es si los países ricos ayudarán a salvarse a los pobres mediante la ayuda o mediante nuevas semillas transgénicas, sino, más bien, cómo podemos unirnos y contribuir a estos movimientos, aquí y en otros países, que están empeñados en eliminar el poder que el capital privado ejerce sobre el gobierno público insuflando el poder de los valores democráticos en la economía y la vida cultural. Y esta cuestión exige que nos preguntemos lo siguiente: ¿cómo podemos creer lo suficiente en nosotros mismos para hacer posible la democracia?

 

Traducción del inglés de Joaquín Rodríguez

 

* Frances Moore Lappé es fundadora y directora del The Small Planet Institute (www.smallplanetinstitute.org), y autora de una veintena de libros entre los que destacan Democracy's edge . Feeding the future o You have the power. Choosing courage in a culture of fear. En España se ha editado La dieta ecológica , Barcelona, RBA, 1997.

NOTAS

1. F. Moore Lappé, Diet for a Small Planet , Ballantine Books, 1971.

 

 

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