Promociones


CARPETA Nº 77-78:

EL PROCOMÚN O LA REAPROPIACIÓN PÚBLICA DE LO PÚBLICO

En toda la Declaración universal de los derechos humanos (http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm) no existe un solo artículo que se refiera explícitamente al carácter público e inalienablemente común de determinados bienes y conocimientos, materias, territorios y espacios y a los usos legítimos que de ellos puedan hacerse. Quizás haya sido ese vacío y la paralela fagocitación privada de los bienes públicos lo que haya facilitado esa progresiva enajenación que ha convertido recursos básicos e intrasmisibles, fundamento del bien común —el aire, el suelo, el agua, el espacio, el éter electromagnético, el espacio virtual de la web, las ideas, la propia vida intransitiva de cada uno de nosotros, la manera en que convivimos y nos gobernamos—, en elementos e ingredientes intercambiables, comercializables, privatizables, troceables, subastables, pervirtiendo su naturaleza comunitaria hasta el punto de pensarla y administrarla privadamente, persiguiendo afanes pecuniarios o poderío y autoridad. Es difícil datar el inicio de lo que nosotros y muchos otros han querido denominar el procomún, ese movimiento universal actual que pretende la reapropiación pública de lo público mediante la redefinición de las formas de trabajo y colaboración comunitarias y de sus derechos asociados y mediante la reconquista de lo que nunca debería haber dejado de ser común. No se trata de una mera reivindicación ilusa y pueril con afanes colectivistas o estatalizadores, que llena está la historia de pesadillas comunitaristas, con tintes incluso sangrientos, sino de una reapropiación de lo que es esencial e intransferiblemente público mediante una reflexión sobre su naturaleza.

En cualquier caso, es un hecho palmario que lo que está sucediendo en la web ha supuesto un desencadenante extraordinario de lo que está ocurriendo, un tónico digital que ha despertado las conciencias de muchas personas en ámbitos aparentemente alejados entre sí: el movimiento del software libre, la invención de licencias que devuelven plena soberanía y potestad al autor sobre su obra y su circulación, la generación colectiva y altruista de contenidos de toda índole, han generado una dinámica en la que cada persona usa libre y anónimamente (o no) un espacio colectivo para el beneficio mutuo, lo que la antropología conoce como algo corriente en muchas sociedades preestatales. De ahí, posiblemente, se haya producido el contagio de otras realidades, de otras tramas que parecían abocadas a la privatización irrevocable.

En este número, parcial por cuanto lo común es inabarcable, intentamos abordar algunas de las cuestiones más apremiantes y cercanas. Antonio Lafuente realiza un repaso original y sistemático, con carácter comprehensivo, de aquellos ámbitos en los que los seres humanos se han desarrollado y desenvuelto, entrecruzándose (el cuerpo, el medioambiente, la ciudad, lo digital), y precisa con escrupulosidad todas aquellas encarnaciones de las que cabe debatir sobre su naturaleza común o privada, sobre la conveniencia o no de reclamar su uso público y procomún. Encarnaciones que se irán desgranando a lo largo de este número: la idea misma de lo que procomún significa, de lo que los derechos universales al acceso y uso de los bienes públicos pueden significar y entrañar, desde diversos puntos de vista expuestos por François-Xavier Verschave, Alberto Corsín y Juan Carlos Salazar; los usos legítimos del suelo y de los frutos que procura, según el criterio de Daniel López e Ignacio Mendiola; la utilización lícita del agua en un mundo cuyo futuro depende de su reparto y empleo adecuado y paritario, en palabras de Juan Manuel Ruiz; el acceso a la salud y a su disfrute, a los medicamentos y alivios que se nos puedan procurar, y la discusión en torno a la preeminencia del derecho fundamental o el de las patentes industriales, según contarán en sus respectivos artículos Tahir Amin, Ellen ‘t Hoen y Els Torreele; la disposición soberana de la propia vida, sin intermediaciones ni dispositivos legales que la recorten, tal como nos relatará Fernando Marín; la esencia intangible e inapropiable de las ideas y su circulación, según Wu Ming, el colectivo anónimo italiano, y un ejemplo institucional del beneficio social que pueden producir el desarrollo y la implementación de un software libre que sirva como soporte comunitario a las operaciones y transacciones de una comunidad entera, como sucede con el proyecto Linex y Luis Casas y Andoni Alonso contarán; el rescate y la reivindicación de los espacios públicos de la ciudad como lugares de encuentro, intercambio y convivencia, más allá de intereses especulativos privados, como argumenta el colectivo Rizoma; la preservación del espacio exterior mediante tratados internacionales que obliguen a las potencias a salvaguardar su carácter público e intocable, como discute Carol Rosin; la generación de contenidos radiodifundidos y televisados por colectivos que hacen uso del espectro electromagnético y de las nuevas tecnologías para combatir la mugrienta oferta de las cadenas privadas, como Bifo nos enseña; la posibilidad, por último, como nos indican los textos de Ignacio Sotelo, Takis Fotopoulos y Hélène Hatzfeld que hemos reunido en un dossier especial, de realizar ejercicios de democracia directa que devuelvan a nuestras maltrechas y alejadas democracias representativas su vigor y carácter primitivos, democracia que no era otra cosa —con las limitaciones de clase que la historia griega nos enseña— que el gobierno de todos para todos.

Este número es, en definitiva, una invitación a repensar en clave comunitaria lo que hemos estado acostumbrados a percibir y vivir privadamente.

 

A PROPÓSITO:

Posibilidades de la democracia participativa

¿Qué posibilidades existen de que lleguemos a practicar una forma de democracia más o menos directa, participativa, en la que cada ciudadano ejerza la función de control y vigilancia sobre los asuntos públicos que le competen, sin cesiones, sin procuraciones, sin intermediarios, sin dejaciones más o menos consentidas y regulares? ¿Cabe pensar en una recuperación o reintegración de las condiciones originales de la génesis de la democracia en la que practiquemos activamente nuestros derechos y obligaciones? ¿Bastaría con que cada ciudadano aprendiera, simplemente, a desarrollar un juicio propiamente político sobre la realidad que le circunda y expresara su opinión activamente a través de los canales que se establecieran para informar regularmente a los intermediarios delegados para gestionar esos intereses? ¿Vendrán las nuevas tecnologías, la tecnodemocracia, la e-democracia, a proporcionar las condiciones e infraestructura necesarias para restablecer la posibilidad misma de la participación colectiva en una sociedad tan compleja como la nuestra? ¿No es ahora más necesario que nunca que la opinión pública global esté a la altura de los retos universales que el cambio climático, el agotamiento de los combustibles o la desigualdad radical entre continentes suponen? ¿Deberemos conformarnos, finalmente, con una forma devaluada de representación o encomienda periódica profesionalizada y en el fondo atenta solamente a sus propios intereses? Estos y más interrogantes aparecerán en este especial sobre la democracia participativa y sus avatares contemporáneos, con la esperanza de que sirva como elemento activo de reflexión y futura aplicación.

 

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